A los socialistas les conviene que haya jaleo y no se hable del desastre al que nos han llevado.
La mañana del 29 de julio fue muy escasamente gris: un nuevo varapalo de las agencias al conjunto de nuestras cuentas ha sido el catalizador que, con toda probabilidad, ha movido la silla, ya muy poco estable y en precario, de Zapatero y le ha obligado a convocar las elecciones en noviembre, vendiendo sus últimas y retóricas resistencias.
Pero el día anterior habían ocurrido dos cosas muy significativas, que anunciaban jaleo: las agresiones a la Policía y el anuncio de que los chicos del 15-M van a contraprogramar la próxima visita de Benedicto XVI a nuestra tierra con una gran manifestación y con toda suerte de supuestos argumentos civiles y fiscales, ellos que para todo piden subvenciones y no suelen estar muy puestos, claro que no enteramente por su culpa, en lo que significa ganarse el pan con su esfuerzo, trabajar, una cosa un poquito más aburrida que despelotarse en el paseo del Prado.
No habría que ser un futurólogo eximido para adivinar que, tras el fracaso del PSOE en las elecciones municipales y autonómicas, a alguien se le ocurrirían las iniciativas de este estilo, y no deja de ser sorprendente la cercanía de esa aclaración de intenciones a la esperada convocatoria de generales. ¿Será posible que a Rubalcaba o a alguno de sus colaboladores se les haya escapado una confidencia hacia la mano que mece la cuna de estos indignados residuales, resistentes y radicales?
El anuncio de movilizarse contra la visita papal deja muestra muy claramente el oportunismo de lo que queda como resto de lo que pudo haber sido, y no lo fue, un intenso movimiento de renovación cívica: queda el sectarismo, el fanatismo, el odio a la libertad, es decir, la misma extrema izquierda que estuvo en sus orígenes y que, por las bravas y como suele, se ha erigido en administrador único de una herencia bastante más plural. Es absolutamente inaudito que se decidan a combatir la visita del Papa y eso muestra muy claramente su faz más intransigente y brutal.
Las autoridades no debieran tolerarlo, pero lo harán porque les viene bien una pieza de crispación, como confesó Zapatero a Gabilondo, cuando creía que no les oía nadie.Se dice que Zapatero solía repetir a los suyos, a la hora de tomar una medida supuestamente impopular, una frase que podría resumirse así: "No os preocupéis, que ya nos lo arreglará la derecha". Es obvio que lo que desearían quienes vayan a hostigar la visita del Papa es que hubiese algo así como una yihad católica, pero, a Dios gracias, no hay tal. Tendrán que conformarse con los aspavientos de algunos que no entienden que lo que busca la izquierda radical es especular con una reacción a sus agresiones para identificarla con la derecha y con el PP, la vieja magia de "Que viene el Doberman".
Naturalmente las autoridades, con plena conciencia de ser cesantes, no van a manchar lo que consideran ser su limpia ejecutoria reprimiendo algo que, en el fondo, les viene muy bien. Ya se las apañarán para encontrar disculpas, pero es seguro que la Policía no va a impedir que haya incidentes con la cínica excusa rubalcabiana de que se trata de evitar males mayores. Soy plenamente consciente de que la comparación no es del todo adecuada, pero ¿se imagina alguien que se autorizase una manifestación de ultras para contraprogramar los fastos del orgullo gay? Está claro que, cuando se tiene una idea sesgada de la democracia, cuando se cree que si mando yo vale todo, no hay límites a lo que se puede llegar a hacer para evitar la pérdida del poder, o para aminorar sus daños. Los socialistas, Zapatero y Rubalcaba, coinciden decisivamente en este punto, les conviene que haya jaleo, que los ánimos se encrespen y que se deje de hablar, en último término, del concienzudo desastre al que nos han llevado. Ojalá se equivoquen, porque ya es hora de que todos los españoles podamos darnos el gusto de discutir sobre los asuntos comunes sin que los trileros de la política nos obliguen a discutir sobre fantasmas, sobre rencores, sobre memorias afeitadas y leyendas tan falsas como supuestamente vivas.
Los españoles que deseamos un triunfo amplio y nítido del Partido Popular, que es lo único que, a día de hoy, puede evitar nuestro deslizamiento al desastre financiero y a una larguísima jornada de empobrecimiento y decadencia, haríamos bien en no entrar en no entrar a ninguna de estas provocaciones. Es lamentable que las autoridades sean tan sectarias que no sepan preservar para la buena imagen de nuestro país un acto como el de la Jornada Mundial de la Juventud, pero ya se sabe lo poco que a estos señores les importa nuestro destino común en relación con lo mucho que aprecian sus poltronas. Desearía vivir en un país en que la policía cumpliese civilizadamente con sus obligaciones y mantuviese el orden público sin sectarismo, peor eso va a ser muy difícil con un Gobierno que se retira cabizbajo y que no duda en echarle a quien sea la culpa de sus disparates, aunque sea el Papa, que viene a España a rezar con jóvenes de todo el mundo.
José Luis González Quirós
Analista político.
La mañana del 29 de julio fue muy escasamente gris: un nuevo varapalo de las agencias al conjunto de nuestras cuentas ha sido el catalizador que, con toda probabilidad, ha movido la silla, ya muy poco estable y en precario, de Zapatero y le ha obligado a convocar las elecciones en noviembre, vendiendo sus últimas y retóricas resistencias.
Pero el día anterior habían ocurrido dos cosas muy significativas, que anunciaban jaleo: las agresiones a la Policía y el anuncio de que los chicos del 15-M van a contraprogramar la próxima visita de Benedicto XVI a nuestra tierra con una gran manifestación y con toda suerte de supuestos argumentos civiles y fiscales, ellos que para todo piden subvenciones y no suelen estar muy puestos, claro que no enteramente por su culpa, en lo que significa ganarse el pan con su esfuerzo, trabajar, una cosa un poquito más aburrida que despelotarse en el paseo del Prado.
No habría que ser un futurólogo eximido para adivinar que, tras el fracaso del PSOE en las elecciones municipales y autonómicas, a alguien se le ocurrirían las iniciativas de este estilo, y no deja de ser sorprendente la cercanía de esa aclaración de intenciones a la esperada convocatoria de generales. ¿Será posible que a Rubalcaba o a alguno de sus colaboladores se les haya escapado una confidencia hacia la mano que mece la cuna de estos indignados residuales, resistentes y radicales?
El anuncio de movilizarse contra la visita papal deja muestra muy claramente el oportunismo de lo que queda como resto de lo que pudo haber sido, y no lo fue, un intenso movimiento de renovación cívica: queda el sectarismo, el fanatismo, el odio a la libertad, es decir, la misma extrema izquierda que estuvo en sus orígenes y que, por las bravas y como suele, se ha erigido en administrador único de una herencia bastante más plural. Es absolutamente inaudito que se decidan a combatir la visita del Papa y eso muestra muy claramente su faz más intransigente y brutal.
Las autoridades no debieran tolerarlo, pero lo harán porque les viene bien una pieza de crispación, como confesó Zapatero a Gabilondo, cuando creía que no les oía nadie.Se dice que Zapatero solía repetir a los suyos, a la hora de tomar una medida supuestamente impopular, una frase que podría resumirse así: "No os preocupéis, que ya nos lo arreglará la derecha". Es obvio que lo que desearían quienes vayan a hostigar la visita del Papa es que hubiese algo así como una yihad católica, pero, a Dios gracias, no hay tal. Tendrán que conformarse con los aspavientos de algunos que no entienden que lo que busca la izquierda radical es especular con una reacción a sus agresiones para identificarla con la derecha y con el PP, la vieja magia de "Que viene el Doberman".
Naturalmente las autoridades, con plena conciencia de ser cesantes, no van a manchar lo que consideran ser su limpia ejecutoria reprimiendo algo que, en el fondo, les viene muy bien. Ya se las apañarán para encontrar disculpas, pero es seguro que la Policía no va a impedir que haya incidentes con la cínica excusa rubalcabiana de que se trata de evitar males mayores. Soy plenamente consciente de que la comparación no es del todo adecuada, pero ¿se imagina alguien que se autorizase una manifestación de ultras para contraprogramar los fastos del orgullo gay? Está claro que, cuando se tiene una idea sesgada de la democracia, cuando se cree que si mando yo vale todo, no hay límites a lo que se puede llegar a hacer para evitar la pérdida del poder, o para aminorar sus daños. Los socialistas, Zapatero y Rubalcaba, coinciden decisivamente en este punto, les conviene que haya jaleo, que los ánimos se encrespen y que se deje de hablar, en último término, del concienzudo desastre al que nos han llevado. Ojalá se equivoquen, porque ya es hora de que todos los españoles podamos darnos el gusto de discutir sobre los asuntos comunes sin que los trileros de la política nos obliguen a discutir sobre fantasmas, sobre rencores, sobre memorias afeitadas y leyendas tan falsas como supuestamente vivas.
Los españoles que deseamos un triunfo amplio y nítido del Partido Popular, que es lo único que, a día de hoy, puede evitar nuestro deslizamiento al desastre financiero y a una larguísima jornada de empobrecimiento y decadencia, haríamos bien en no entrar en no entrar a ninguna de estas provocaciones. Es lamentable que las autoridades sean tan sectarias que no sepan preservar para la buena imagen de nuestro país un acto como el de la Jornada Mundial de la Juventud, pero ya se sabe lo poco que a estos señores les importa nuestro destino común en relación con lo mucho que aprecian sus poltronas. Desearía vivir en un país en que la policía cumpliese civilizadamente con sus obligaciones y mantuviese el orden público sin sectarismo, peor eso va a ser muy difícil con un Gobierno que se retira cabizbajo y que no duda en echarle a quien sea la culpa de sus disparates, aunque sea el Papa, que viene a España a rezar con jóvenes de todo el mundo.
José Luis González Quirós
Analista político.


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