Yo salgo de penitente
todas las Semanas Santas
detrás de un Cristo de Vélez,
Hijo de Paz franciscana.
Este Hombre del que hablo,
va con la mirada baja
y una corona de espinas
sobre Su frente clavada.
Se mece en caminar lento,
manos y pies maniatados,
y con túnica de oro
lo han vestido de morado.
¿Cómo Te hicieron el rostro,
tan difícil descifrar...
mezcla de dolor, ternura
y radiante de Humildad?
Vélez se muere de pena
viendo Tus ojos llorar
cuando estás llegando a ella,
la Cruz donde morirás.
Y mi corazón dolido
quiere secarte la sangre,
desenclavar Tu corona,
Tus manos desamarrarte.
Quien pudiera, Señor mío,
quién pudiera liberarte,
calzando Tus pies descalzos,
limpiando Tu limpia sangre.
Pero no me siento digna
ni de Tus ropas rozar,
siendo Rey de granes reyes,
mi Señor de la Humildad.
Rocío Jiménez. 2008
martes, 9 de febrero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario